Le surgieron de forma simultánea dos sensaciones igualmente desagradables: Una náusea que le recorre de abajo hacia arriba y se acompaña con una expresión facial casi gráfica y completamente delatadora - suerte que nadie estaba viendo, y pudo reservarse para sí la patéticamente histriónica escena; algo que ambiguamente fluctúa entre los celos y la envidia - ambas juntas, cada una por separado, se requiere información adicional - pero independientemente de cuál sea es igual de innoble, como lo fue desde un principio, como lo fue antes de él.
Soltó el lápiz espasmódicamente cuando hizo la siempre vergonzosa segunda lectura. "Mierda" se dijo, los detestaba a todos pero su acción lo amarraba a ellos, a ellos que querían estar amarrados y a los otros amarrados póstumos y también a ésos que se amarraban inconscientemente. "Puta la hueá" se dijo, pidió permiso y salió del café. Aborrecía al tipo del sillón de la entrada, delgado como niño africano, siempre rodeado de mujeres hormonales. Por otro lado, le encantaba la que le servía el café - así, ajeno - con sus ojos color mar y su cabello color de abismo.
Encendió un cigarro, barato no más, se le había escurrido la plata del mes entre las manos. ¿Por qué todo lo que le rodeaba tenía que ser tan... prefabricado? Añoraba la fluidez del lenguaje natural, ése que le surgía a uno en conversaciones triviales con los amigos. Pero sus amigos ya no estaban, él los había alejado. En cambio, tenía a una serie de personas que hacían referencias y comentaban el pasado como si de verdad importase. Aún así, detestaba la originalidad - No, lo que aborrecía era su deseo, su búsqueda, su necesidad.
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