No es la primera vez que mi voluntad cede ante mi inconsciente caprichoso cuando me abandona la vigilia a escondidas del sol. Pero la diferencia es clara con respecto a los incidentes anteriores: la diferencia de tiempo, el contexto, y la historia en sí en su mundo de fantasía. Todo parece haber estado hecho a la perfección, sin ninguna corrección visible por hacer ni en el ámbito sustancial ni estético. Una obra maestra mortal.
Los sucesos transcurrían en el lugar donde más vulnerable me pueden hallar: esa casa nueva disfrazada con atavíos y costumbres de antigua; adornada barrocamente en la desesperación por saciar un luto que no acabó con los años; donde la soledad de espíritu era una epidemia contagiosa que se impregnaba en el corazón de los residentes, en especial de los más jóvenes, y de aquel que pasaba sus tardes de verano mirando tras la cortina de visillo el acontecer lento y anaranjado de una calle donde aún no pasaban cosas (pero puta que pasarían después) dejándose consumir por los miedos infundados por repetidos infortunios sociales. Más específicamente: en la habitación de atrás, esa que por quien la habita ha resucitado del letargo inducido - sólo que en la fantasía, la habitación era una salita, con el famoso sillón de masajes y una cama abandonada sin sábanas y sin amor.
Se encontraban los dos personajes pasando el tiempo como ignorándolo, acercándose en el silencio olvidando mover sus cuerpos. Rompieron la barrera de la realidad cuando sus cuerpos sí se acercaron y no con poca timidez juntaron los labios uniéndose en una pasión tan secreta que tanto la habitación como la casa conspiraron para dejarlos consumirse el uno al otro en el fuego de su amor ficticio: a las cuatro de la tarde el resto de los residentes yacían acostados en sus camas como si fuese normal.
Su amor no alcanzó a concretarse por la lógica interrupción de caer en cuenta de la imposibilidad del suceso. Se separaron frustrados y con los corazones rotos, para no juntarse más en ese mundo efímero que se prolongó meramente por la impiedad de Morfeo.
Así que, en una nota mucho más personal, he vuelto a sucumbir ante los placeres de los amores inmateriales.