De pronto su meditación - o su ocio de ensimismada putrefacción - se vio interrumpida por el descubrimiento del silencio, quien se había dado el lujo de transformar la habitación en un océano de espacios intermedios. No bien se dio cuenta de que se ahogaba en las aguas de la quietud empezó a nadar desesperado hacia arriba, sólo para darse cuenta de dos cosas: el silencio había llenado por completo la habitación, y que, pese a su acuosidad, podía respirar en él.
Entonces se quedó flotando en él un buen rato preguntándose por donde se habría filtrado y por donde saldría después. Vio las preguntas como túneles lúgubres e infinitos, se sintió incapaz de vislumbrar la luz en su hipotético final. Se sintió agobiado de tanta nada a su alrededor - el sustantivo había logrado aclarar su mente: la habitación no estaba llena de silencio, se había vaciado hasta tan sólo quedar éste. Sus pies tocaron suelo tras la epifanía permitiéndole buscar que era lo que faltaba para neutralizar el silencio.
Buscó entre, sobre, bajo y dentro los muebles. Buscó en el jardín y en el patio, en el ático y en las mugrosas cañerías del baño - infructuosamente, sin poder recordar que era lo que faltaba. Decidió ignorar el silencio sofocante, y dirigir su mente hacia otra cosa. Más el silencio enfermizo había logrado inundar hasta su mente, y no halló más que una vaga, esbelta y fina silueta en su mente. "Eso es" se dijo, y se dio cuenta de que era lo que hacía falta para neutralizar el silencio.
Pero era incapaz, también, de evocar al cuerpo productor de aquella sombra por cuestiones que él mismo no se atrevía a analizar. Pese a la ausencia corrosiva que empezaba a consumir todo (convirtiéndose cada cosa en un puente entre el presente y el recuerdo de un presente no tan presente) el silencio se disipó, no obstante, entró por la puerta una gigantesca sombra carente de mueca alguna mirándolo fijamente. "Es la ausencia" se dijo. A lo que ésta respondió:
"No soy la ausencia, criatura ingenua. Soy la nostalgia."