viernes, 28 de septiembre de 2012

Múltiples destinatarios

Me un poco de asco pensar que ese veneno que te circunvala puede llegar a penetrarte un día, recorrer tu sangre e infectar tu cuerpo desde adentro, desde la pureza intocable resguardada en ese templo profanado pero que, obstinado en la protección de su bello secreto, se mantiene en pie. 
No es la envidia esta vez, no me confundáis. Es un sentimiento de guardabosques que me nace de no sé dónde la verdad lo sé perfectamente  y me tiene cuidando la entradita, adjudicándome este puesto que bien le puede corresponder a otro más ad-hoc o a ninguno. Pero ya llevo tanto tiempo en esta banca afuera del monumento que no puedo evitar sentir una especie de arraigo (metafísico, en volá) a él y a sus secretos, secretos que por antigüedad yo conozco, o por derecho, pero yo no sé de razones y la verdad no sé nada sobre nada - me las arreglo igual, a medias y con maneras desquiciadas pero hago lo posible.
Y de repente la más grande de las idioteces, suena su voz tan grave, tan sensual y celestial, alargando cada nota una eternidad convirtiendo su canción en deleite infinito, una pizca de por siempre. De súbito mis manos sostienen a las tuyas y luego tu cintura y nuestros labios tan cerca, your cheap perfume, no te dejaré caer en el pecado, el pecado tan delicioso, el pecado más ansiado y nos envolvemos en una danza de color azul que parece no acabarse nunca - ¡Qué genio, tengo que investigarlo! - y sin embargo se acaba, por mi vergüenza, qué chucha estoy pensando, así no es la historia, vuelta atrás, re-plantear los cimientos para propiciar la verosimilitud perdida, maldito seas Celso, te maldigo.
Y te maldigo por tantas cosas, pero por sobre todo por lo que fuiste y lo que serás - lo que eres algún día encajará en las categorías anteriores, por quien te maldijo antes, ojalá supiese quien, lo maldeciría as well. 
Qué sea cree esta otra, tu único lazo fuera de esta realidad que te inventaste, que anda cumpliendo con su función. Nadie le paga, que se quede callada, le ofrecería un cigarro pero ya no fuma, y yo tampoco, pero eso es de la boca para fuera porque de la boca para dentro es otra cosa, y no hay nada, y ojalá Freud me consintiera. Más allá de él, ojalá no haber leído tantas tonteras, ojalá no edificarse sobre barro y gatitos aplastados.
Te recomiendo un trago, el Mango Sour todavía debe estar ahí. Ven a mi casa un día, podemos hacer el amor o la guerra, o ambas juntas como a ti te gusta... ¿O no te gustaba ninguna? No sé la verdad. Qué pena no acordarme.
Qué pena no haberlo sabido nunca.    

domingo, 23 de septiembre de 2012

No hay placer en el silencio

Su historia se escribía bajo el cauteloso velo umbrío de la medianoche, con tinta blanca y un escritor carente de verdadera inspiración pero lleno de emoción. Su historia resguardada quedaría por siempre en la más profunda de las vergüenzas, en la parte más vulnerable del orgullo. Un único protagonista que es a su vez todos los personajes, entra en contacto consigo mismo saliendo de sí, pero hacia adentro, y a partir de ahí los conoce a los otros - cree hacerlo, cree hablar con ellos, cree verlos verdaderamente; sólo es capaz de ver fantasmas.
Con los ojos cerrados se ve mejor, dos viajeros que recorren un sendero de tierras tostadas, descienden por él, suben hasta el sol, bajan hasta el bosque, pasan por las lagunas, las cataratas... Recorren un paisaje que sólo existe cuando ellos pasan, no hay antes ni después, sólo la tierra bajo sus pies. Y los senderos son infinitos, hay más allá que ese majestuoso paraje (su favorito): Hay otro paisaje, también de visita recurrente, uno por el que sólo se atreven andar con unas copas de más. Lleno de nieve, con ruinas enterradas debajo, maravillas secretas que no quieren ser descubiertas. Lo cual no es problema, todo en ese paisaje es tan antiguo, tan incomprensible... Pero ambos destinos se cobijan en la inexistencia - en la manipulación de la realidad, al gusto de quien se vuelve Dios.
El bailarín interpreta su danza más íntima, un baile monótono y espasmódico, visualmente incómodo pero no por eso falto de gracia. Verlo es un pecado, un pecado que muchos anhelan cometer. Los bailarines nunca bailan en el mismo escenario, pero todos la misma danza, no es una competencia sino una diferencia en la interpretación. La danza surgía desde tan adentro, aunque era la más superficial, no requería de público. Ciertos vicios se practican, unos trataban de espiar los bailes de los otros, algunos imaginaban como serían las danzas ajenas mientras hacían la suya propia. Todo era una combinación de factores. 
Algo crecía en su interior cuando llegaba al final, cuando estaba por marcar el punto, algo que quería explotar, algo que quemaba, algo que desesperaba (nadie quería el final de la obra, nadie quería el final del baile, más sólo por eso existían los actos mismos), el desenlace inminente. Estallaba como la primavera, en un silencio forzoso, todo lo que había ya no era nada, todo volvía a ser de nuevo.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Limitaciones

Casi siempre voy a dar un paseo y fumarme un cigarro lejos de las cuatro paredes que me cobijan siempre. Es el mismo recorrido cada vez: De la casa a la plaza con los arbolitos, de la plaza con los arbolitos al pasaje con los perros, del pasaje con los perros hasta la costa de aire. El puente que conecta mi isla con la otra isla flotante es bastante endeble, por lo que casi nadie cruza a pie. Yo, que carezco automóvil alguno, no me atrevo a cruzarlo.
Por lo general esta incapacidad no me molesta, no obstante, hay veces en las que me gustaría llegar más allá. Conozco poco de la otra isla, algo muy bello e interesante, pero llegar en barco aéreo no es lo mismo que llegar caminando, no es como si yo estuviese llegando sino que es como si alguien más me estuviese trasladando.
Cuando entro en estas crisis por lo general voy al bazar a comprar un café latte, me siento a beberlo en una roca y medito acerca de si es posible o no cruzar por ese puente. De todas formas no he visto a nadie cruzarlo - en el último tiempo, al menos, la gente que lo cruzó lo hizo hace mucho y hay otros que dicen haberlo hecho pero yo no me he dado cuenta.
El otro día vi a una niña del otro lado del puente. La vi difusa, la distante, la vi morocha, la vi pálida, la vi hermosa. Me hubiese acercado pero el puente seguía ahí, amenazando con caerse. ¿Era más fuerte que yo? Sí. No pude cruzarlo. Aún no puedo hacerlo. Voy todas las tardes, y a veces la veo. Siento que me mira, pero cómo saberlo. Ya no me atrevo a ir en barco aéreo, el Juan me invita a una cerveza pero yo no quiero ir a la otra isla, enfrentármela a ella sin haber cruzado el puente.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Las aves

Apenas cayó la primera hoja, él miró al cielo sintiendo un temblor que le venía desde adentro. Escuchaba el llamado desde la puerta de la cocina pero él no podía hacer nada, era como sí todo su cuerpo se esforzase en desobedecerle. Continuó mirando al cielo, como buscando en su celeste infinito un algo que no era necesariamente una respuesta - el hálito era de pregunta - y que tampoco tenía porqué estar ahí. No obstante, sus pies empezaron lenta y torpemente a alzarse por sobre el suelo, y ya lejos de la tierra e inmerso en el cielo - ¿Se sumerge uno en el cielo, acaso es posible adentrarse en él como quien lo hace en el mar, en una fuente llena de jalea? El cielo no es algo que cubra, que abrace, es un límite eternamente distante, el único límite al final - empezó a ir cada vez más rápido en la búsqueda de quién sabe qué cosa, avanzando y avanzando, sin dirección aparente pues en la bóveda no hay señales de tránsito.
Surcó el cielo incansablemente  hasta que el tiempo no fue más tiempo, hasta que la tierra no fue más que un mero e inservible recuerdo, hasta que todo lo que él era no era más que una nube celestial. Comenzó a interactuar con las otras criaturas flotantes, levitantes y voladoras: Habló con unas cuantas nubes, mucho sabían ellas pues todo lo habían podido ver, hablaban de su raza reencarnante y del ciclo del agua, toda esa mierda a la que sólo los niños bobos prestan atención en la enseñanza básica. Pero las nubes eran muy perezosas y pese a toda su sabiduría se dejaban llevar por el viento, cumpliendo un destino que nos concierne a todos pero les pertenece únicamente a ellas. Intentó hablar con las tormentas, pero éstas eran muy feroces y nada de lo que decían se entendía. Luego habló con una bolsa plástica, que dijo no sentirse identificada con la canción y que le gustaba su estilo de vida libre y completamente prescindible. Los bichos no llegaban tan alto, así que tuve que descender a conversar con algunos. Muy ingeniosos pero muy acostumbrados a las reglas, los bichitos creían en la vida práctica, despreciaban las teorías y lo menospreciaban por andar flotando por ahí. 
Luego se encontró con las aves. Las aves volaban todas juntas como grupo pero separadas en el alma, ignorándose las unas a las otras, siguiendo el camino de una líder que lo único que hacía era guiar. 
- En este preciso instante estamos emigrando - dijo una - huyendo del nocivo frío. Llegaremos un día al calor benefactor, tendremos comida una vez más, descansaremos. Sin embargo el viaje es largo, puedes viajar con nosotras por supuesto pero recuerda: Aterrizaremos.
Eran sus palabras bien una invitación poco cordial o una amenaza, me costó entenderlas. Decidí acompañarlas en su vuelo silencioso (Hay que aplicar las respectivas correcciones, era un silencio relativo, la líder nos indicaba el camino a gritos a veces u otras espantábamos a las amenazas a chillidos) porque ya me tenía cansado tanta interacción con los seres livianos del cielo. En el trayecto conocí los paisajes más hermosos, los climas más exóticos, me olvidé de la amenaza que me habían hecho en primera instancia.
Las aves aterrizaban en el norte, y cuando le alertaron él se confundió un poco. Recordó la tierra, recordó el tiempo, recordó que lo llamaban desde la cocina, recordó que ya iban a ser las 4, recordó que su abuela le daba una leche y un pancito a esa hora. Su abuelo ya se había cansado de llamarlo, ojalá no se haya enojado.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La deuda

Se propicia un acuerdo tácito, una suerte de promesa silenciosa y para todos los bandos desconocida que, no obstante, se cumple. Cuáles son las bases, cuáles son los implicados - que no sean presuntos, no hay respuesta en eso. 
Pero como toda promesa, parece ser una visión al futuro, un pagaré, sin más parece seguir igual de lejano... Los morosos del DICOM no son bien recibidos, pero hasta las miradas de complicidad cautelosa enferman - causan una adicción, el alma se seca en la espera, qué espera, qué espero, el pago, que me salden la deuda.
*
Que no se nos vaya a acabar la paciencia, que no se nos vaya todo de las manos - tan sólo un poco, lo que es necesario para que se cumplan los designios del destino y de las cartas, no hagamos quedar a los adivinadores como farsantes not now, not now.
Y yo sé en lo más profundo de mi ser que esta adicción me llevará a mi destrucción ineluctable, como en las tragedias, pero como buen personaje de esta obra que no es de mi autoría soy mi mayo anhelo es ése: El desenlace. Independiente de que este desenlace conlleve el fin, o anuncie una secuela que no me incluya, la historia se prolonga como una teleserie explotada del 13, hasta más no poder, y los actores queremos retirarnos y volver a nuestras vidas.
Sin embargo los vicios, la sobre-dedicación al trabajo, han producido que finalmente lo que éramos antes no sea más, sino que seamos seres de plasticina moldeándonos en base al guión. 
¿Y cuándo termine qué? Si mi yo se quedó atrás, se perdió... Tendré que reconstruirme desde algo que me es ajeno pero que a la vez, y con mucho engaño, felt so of my own.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Siempre ando con segundas intenciones

Tal vez sea la imposibilidad que se impone desde adentro, o desde atrás, esa imposibilidad que pese a tener múltiples chances se sigue imponiendo sentando sus cimientos en cosas mucho más psicológicas - No diría metafísicas, lo diré igual - que simples hechos, o tal vez sean éstos mismos los que funcionan de fundamento.
O lo uno o lo otro la confusión y la incertidumbre lo mismo, pruebas fehacientes que no dan fe de nada y uno se queda como mirando hacia donde nadar en un mar lleno de algas, de esas que se te meten entre los dedos de los pies y distraen cualquier movimiento seudo-atlético de esperanza. 
Fluctuará entonces entre lo que vendría siendo una especia de aferramiento conformista a un tesoro mucho más valioso que cualquier ideal dionisíaco pero dudo igual del conformismo; es la seguridad de la inseguridad y un montón de incongruencias que se acercan torpes al camino de los clichés. Fluctuará entonces entre un futuro que es como la vista de un barco a la deriva que se encuentra en alta mar rodeado de neblina, dónde está la tierra, será ese manchón de allá, lo mejor es no arriesgarnos dice el capitán, pero uno allá abajo desde su camarote está seguro de que es una costa mas no se atreve a decirlo por miedo a equivocarse.
Por miedo a equivocarme tomo muchas decisiones, sólo una vez ya pospuestas hace mucho tiempo, decisiones invalidadas por la tardanza, una declaración de amor impertinente o una declaración de guerra inesperada.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Los niños jugaban a las escondidas; nunca pude encontrarlos

Fue al rato después del mediodía que nos juntamos a jugar. Quién sabe como decidimos el juego, pero al rato estábamos todos corriendo en distintas direcciones.

Yo corrí y corrí, pasé varios pasajes hasta que llegué un árbol que parecía lo suficientemente grueso de tronco como para resguardarme tras él. Me quedé ahí contándole las hojas unos minutos que se hicieron horas, tuve que salir de mi escondite. Miré a mi alrededor: Nada. Miré más allá: Un par de cosas. Así que para allá fui.

Tuve que cruzar a la otra vereda y tras un auto había uno. Lo miré, me miró, me preguntó:
- ¿Tú eres quién busca?
Le respondí que no, miró al piso suspirando y no me habló más. Pese a su indiferencia me quedé observándolo, tan ensimismado, tan incómodo el silencio. Cuando ya no pude más me fui, pero de repente, él me preguntó:
- ¿Y a ti, te encontraron ya?
Le volví a responder que no, pero para mi sorpresa, me soltó una pequeña sonrisa.

Yo seguí caminando, entonces, pasajes y pasajes ¿En qué momento corrí tanto? Ni hoy me acuerdo. Vi la silueta de una correr pasaje adentro, así que la seguí. Para su mala suerte, era un pasaje sin salida. La escena se repitió una vez más.
- ¿Me encontraste?
- No soy yo quien te busca.
- ¿Y quién es?
- No estoy seguro.
- ¡Viene alguien! ¡Agáchate!
Y me agaché. Era una viejita irritada acompañada de una niña preguntona; falsa alarma. Nos quedamos ahí escondidos un buen rato, con miradas de inesperada complicidad, hasta que me aburrí y le dije que me acompañase a buscar a alguien.
- ¿A quién?
- A quien nos busca - Le dije. Pero me dijo que no, que ella estaba bien, que ella estaba mejor ahora que estaba tan adentro del pasaje, que nunca la iban a encontrar. Como yo no estaba interesado en quedarme ahí por siempre, me fui sin despedirme.

Pasé por una plaza y había otro de los nuestros, completamente a la vista instalado sobre una banca. Me le acerqué, a ver porqué no se escondía. Se lo pregunté.
- Ah, lo había olvidado. Ha pasado harto ya, quizás se aburrieron de buscarnos.
Cuando le conté sobre mis encuentros anteriores, su desorbitada mirada anunciaba una reflexión terrible, pero no me la dijo. Le hice la propuesta de salir, de que me acompañase a buscar a nuestro encontrador. 
- No. Estoy bien sentado aquí. Que me encuentren me da igual, puedo esperar. Y no quiero adelantar el proceso, mucho menos con una idea tan ridícula.
Me retiré lleno de indignación.

Y lleno de pensamientos. Doble varias esquinas, alargué mi trayecto. Hace rato no pensaba, no tanto al menos. Aún así, aún con sus palabras, quería buscar a quien me buscaba. Di varias vueltas hasta que volví a una esquina en la que ya había estado. En un negocio, entre máquinas y niños con olor a perro, había otro. Le dije lo que acostumbraba a decir, él me respondió que ni idea y que no le importaba. Cuando lo ataqué con más preguntas me alejó del grupo y me dijo:
- Me cansé de su juego. Las escondidas son aburridas, aquí los chiquillos me hacen reír y las máquinas nos mantienen emocionados.
- No me gusta dejar las cosas a medias.
¡Mentira! Pero qué lindo que suenan esas frases. No había forma de sacarlo, así que me compré un helado para sencillar los quinientos que mi papá me había pasado, y jugué un rato a las máquinas con ellos. ¡No gané nada!

Ya estaba oscureciendo, y ni rastro de nuestro encontrador. Ya iba llegando a la casa cuando me encontré con otra, que me saltó de la nada.
- ¡Me encontraste!
- Nones, no soy yo quién busca. Tendrás que seguir esperando.
- ¿Y por qué saliste de tu escondite si nadie te sacó?
- No sé, me aburrió.
- Pf, que eres hueón. Así no es este juego. ¿No viste a nadie en el camino?
- No... ¿Nadie ha pasado por aquí?
- Pasó otro niño y yo pensé que era el encontrador. Pero no, así que sigo aquí. Me imagino que voy ganando - Oh, ilusa -  así que no saldré de aquí en un buen rato.
Cansado de sus tonterías competitivas, seguí mi rumbo.

En la esquina de mi casa me encontré con el Andrés. Le pregunté que si estaba escondido, me dijo lo más fabuloso que me han dicho en toda mi vida:
- No lo sé.
Como él no sabía, y no quería dejarlo en medio de la calle, lo invité a jugar cartas Mitos en mi casa. Tan malo para las palabras, pero tan bueno con las cartas. Me gustaba que no hablase, era bacán el Andrés. Han pasado años y aún lo llamo, no para jugar a las cartas, si no para contarle de lo que me pasó el otro día con la China y que puta que estuvo rico. Él me cuenta de ese otro, puta que es hueón el Andrés, siempre con sus dramas raros. No lo entiendo.

Te cuento esto porque ayer en la tarde estaba con el Andrés mismo en el bar tomándonos una chela y nos acordamos de esa vez, y de los cabros, que nunca los volvimos a ver. Pero el Andrés me dijo algo, y me costó dormirme en la noche pensando. Me dijo:
- Pero ahora que me acuerdo, Benja, nunca designamos a nadie para que nos buscase. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Acerca de los espejos rotos (Parte II)

El humo le bailaba coqueto a su alrededor, mientras él se sumergía en su propio mar. Pensó en lo que había escrito, en lo que había tachado: Los finales felices jamás le gustaron, pero de verdad sentía que estaba siendo injusto con su personaje. "Soy harto maricón" se dijo, y se sentó en la escalerita del pórtico. Se le ocurría un cambio drástico en la trama, un efecto de choque, un montaje para acelerar el proceso. Tenía miedo de arrepentirse después, de cagar la trama, tener que reestructurar todo para devolver la coherencia...
- Tantas lunas.
Alzando la vista, lo vio. Qué acertado, cuántas lunas.
- No creí verte por aquí, aunque debí habérmelo esperado: Siempre fue tu onda. 
- ¿Qué haces aquí?
- Tenía como sed - Tomó asiento junto a él - ¿No me vas a convidar un cigarro? Qué roto - No pudo resistirse - Tan pensativo que estái huacho, quizás por dónde andas metido ahora.
- Ciertamente, en nada. Tan sólo... Tuve un ataque de esos en los que uno agarra involuntariamente el lápiz. De eso ya varios meses y ahora tengo como sesenta páginas de una hueá que ni yo cacho que es. Ni qué rumbo tomará. De hecho, eso es exactamente en lo que estaba pensando -
- ¿Y de qué trata? - 
- No te lo podría explicar -
- Ya andai con tus hueás raras. Terminémonos los cigarros y te invito un café, me muestras lo que llevai y te aconsejo - Como si quisiese sus consejos - sobre como llevar la obra -
Hablaron de banalidades y entraron. Se sirvieron ambos un café, pero distintos cafés. Él intentó desviar a su inesperado contertulio lejos del tema del texto. La verdad, no quería que lo viera, con sus notas y sus borrones. Quizás que iba a pensar.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Acerca de los espejos rotos

Le surgieron de forma simultánea dos sensaciones igualmente desagradables: Una náusea que le recorre de abajo hacia arriba y se acompaña con una expresión facial casi gráfica y completamente delatadora - suerte que nadie estaba viendo, y pudo reservarse para sí la patéticamente histriónica escena; algo que ambiguamente fluctúa entre los celos y la envidia - ambas juntas, cada una por separado, se requiere información adicional - pero independientemente de cuál sea es igual de innoble, como lo fue desde un principio, como lo fue antes de él.
Soltó el lápiz espasmódicamente cuando hizo la siempre vergonzosa segunda lectura. "Mierda" se dijo, los detestaba a todos pero su acción lo amarraba a ellos, a ellos que querían estar amarrados y a los otros amarrados póstumos y también a ésos que se amarraban inconscientemente. "Puta la hueá" se dijo, pidió permiso y salió del café. Aborrecía al tipo del sillón de la entrada, delgado como niño africano, siempre rodeado de mujeres hormonales. Por otro lado, le encantaba la que le servía el café - así, ajeno - con sus ojos color mar y su cabello color de abismo. 
Encendió un cigarro, barato no más, se le había escurrido la plata del mes entre las manos. ¿Por qué todo lo que le rodeaba tenía que ser tan... prefabricado? Añoraba la fluidez del lenguaje natural, ése que le surgía a uno en conversaciones triviales con los amigos. Pero sus amigos ya no estaban, él los había alejado. En cambio, tenía a una serie de personas que hacían referencias y comentaban el pasado como si de verdad importase. Aún así, detestaba la originalidad - No, lo que aborrecía era su deseo, su búsqueda, su necesidad.