jueves, 20 de septiembre de 2012

Las aves

Apenas cayó la primera hoja, él miró al cielo sintiendo un temblor que le venía desde adentro. Escuchaba el llamado desde la puerta de la cocina pero él no podía hacer nada, era como sí todo su cuerpo se esforzase en desobedecerle. Continuó mirando al cielo, como buscando en su celeste infinito un algo que no era necesariamente una respuesta - el hálito era de pregunta - y que tampoco tenía porqué estar ahí. No obstante, sus pies empezaron lenta y torpemente a alzarse por sobre el suelo, y ya lejos de la tierra e inmerso en el cielo - ¿Se sumerge uno en el cielo, acaso es posible adentrarse en él como quien lo hace en el mar, en una fuente llena de jalea? El cielo no es algo que cubra, que abrace, es un límite eternamente distante, el único límite al final - empezó a ir cada vez más rápido en la búsqueda de quién sabe qué cosa, avanzando y avanzando, sin dirección aparente pues en la bóveda no hay señales de tránsito.
Surcó el cielo incansablemente  hasta que el tiempo no fue más tiempo, hasta que la tierra no fue más que un mero e inservible recuerdo, hasta que todo lo que él era no era más que una nube celestial. Comenzó a interactuar con las otras criaturas flotantes, levitantes y voladoras: Habló con unas cuantas nubes, mucho sabían ellas pues todo lo habían podido ver, hablaban de su raza reencarnante y del ciclo del agua, toda esa mierda a la que sólo los niños bobos prestan atención en la enseñanza básica. Pero las nubes eran muy perezosas y pese a toda su sabiduría se dejaban llevar por el viento, cumpliendo un destino que nos concierne a todos pero les pertenece únicamente a ellas. Intentó hablar con las tormentas, pero éstas eran muy feroces y nada de lo que decían se entendía. Luego habló con una bolsa plástica, que dijo no sentirse identificada con la canción y que le gustaba su estilo de vida libre y completamente prescindible. Los bichos no llegaban tan alto, así que tuve que descender a conversar con algunos. Muy ingeniosos pero muy acostumbrados a las reglas, los bichitos creían en la vida práctica, despreciaban las teorías y lo menospreciaban por andar flotando por ahí. 
Luego se encontró con las aves. Las aves volaban todas juntas como grupo pero separadas en el alma, ignorándose las unas a las otras, siguiendo el camino de una líder que lo único que hacía era guiar. 
- En este preciso instante estamos emigrando - dijo una - huyendo del nocivo frío. Llegaremos un día al calor benefactor, tendremos comida una vez más, descansaremos. Sin embargo el viaje es largo, puedes viajar con nosotras por supuesto pero recuerda: Aterrizaremos.
Eran sus palabras bien una invitación poco cordial o una amenaza, me costó entenderlas. Decidí acompañarlas en su vuelo silencioso (Hay que aplicar las respectivas correcciones, era un silencio relativo, la líder nos indicaba el camino a gritos a veces u otras espantábamos a las amenazas a chillidos) porque ya me tenía cansado tanta interacción con los seres livianos del cielo. En el trayecto conocí los paisajes más hermosos, los climas más exóticos, me olvidé de la amenaza que me habían hecho en primera instancia.
Las aves aterrizaban en el norte, y cuando le alertaron él se confundió un poco. Recordó la tierra, recordó el tiempo, recordó que lo llamaban desde la cocina, recordó que ya iban a ser las 4, recordó que su abuela le daba una leche y un pancito a esa hora. Su abuelo ya se había cansado de llamarlo, ojalá no se haya enojado.

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