Su historia se escribía bajo el cauteloso velo umbrío de la medianoche, con tinta blanca y un escritor carente de verdadera inspiración pero lleno de emoción. Su historia resguardada quedaría por siempre en la más profunda de las vergüenzas, en la parte más vulnerable del orgullo. Un único protagonista que es a su vez todos los personajes, entra en contacto consigo mismo saliendo de sí, pero hacia adentro, y a partir de ahí los conoce a los otros - cree hacerlo, cree hablar con ellos, cree verlos verdaderamente; sólo es capaz de ver fantasmas.
Con los ojos cerrados se ve mejor, dos viajeros que recorren un sendero de tierras tostadas, descienden por él, suben hasta el sol, bajan hasta el bosque, pasan por las lagunas, las cataratas... Recorren un paisaje que sólo existe cuando ellos pasan, no hay antes ni después, sólo la tierra bajo sus pies. Y los senderos son infinitos, hay más allá que ese majestuoso paraje (su favorito): Hay otro paisaje, también de visita recurrente, uno por el que sólo se atreven andar con unas copas de más. Lleno de nieve, con ruinas enterradas debajo, maravillas secretas que no quieren ser descubiertas. Lo cual no es problema, todo en ese paisaje es tan antiguo, tan incomprensible... Pero ambos destinos se cobijan en la inexistencia - en la manipulación de la realidad, al gusto de quien se vuelve Dios.
El bailarín interpreta su danza más íntima, un baile monótono y espasmódico, visualmente incómodo pero no por eso falto de gracia. Verlo es un pecado, un pecado que muchos anhelan cometer. Los bailarines nunca bailan en el mismo escenario, pero todos la misma danza, no es una competencia sino una diferencia en la interpretación. La danza surgía desde tan adentro, aunque era la más superficial, no requería de público. Ciertos vicios se practican, unos trataban de espiar los bailes de los otros, algunos imaginaban como serían las danzas ajenas mientras hacían la suya propia. Todo era una combinación de factores.
Algo crecía en su interior cuando llegaba al final, cuando estaba por marcar el punto, algo que quería explotar, algo que quemaba, algo que desesperaba (nadie quería el final de la obra, nadie quería el final del baile, más sólo por eso existían los actos mismos), el desenlace inminente. Estallaba como la primavera, en un silencio forzoso, todo lo que había ya no era nada, todo volvía a ser de nuevo.
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