viernes, 7 de septiembre de 2012

Los niños jugaban a las escondidas; nunca pude encontrarlos

Fue al rato después del mediodía que nos juntamos a jugar. Quién sabe como decidimos el juego, pero al rato estábamos todos corriendo en distintas direcciones.

Yo corrí y corrí, pasé varios pasajes hasta que llegué un árbol que parecía lo suficientemente grueso de tronco como para resguardarme tras él. Me quedé ahí contándole las hojas unos minutos que se hicieron horas, tuve que salir de mi escondite. Miré a mi alrededor: Nada. Miré más allá: Un par de cosas. Así que para allá fui.

Tuve que cruzar a la otra vereda y tras un auto había uno. Lo miré, me miró, me preguntó:
- ¿Tú eres quién busca?
Le respondí que no, miró al piso suspirando y no me habló más. Pese a su indiferencia me quedé observándolo, tan ensimismado, tan incómodo el silencio. Cuando ya no pude más me fui, pero de repente, él me preguntó:
- ¿Y a ti, te encontraron ya?
Le volví a responder que no, pero para mi sorpresa, me soltó una pequeña sonrisa.

Yo seguí caminando, entonces, pasajes y pasajes ¿En qué momento corrí tanto? Ni hoy me acuerdo. Vi la silueta de una correr pasaje adentro, así que la seguí. Para su mala suerte, era un pasaje sin salida. La escena se repitió una vez más.
- ¿Me encontraste?
- No soy yo quien te busca.
- ¿Y quién es?
- No estoy seguro.
- ¡Viene alguien! ¡Agáchate!
Y me agaché. Era una viejita irritada acompañada de una niña preguntona; falsa alarma. Nos quedamos ahí escondidos un buen rato, con miradas de inesperada complicidad, hasta que me aburrí y le dije que me acompañase a buscar a alguien.
- ¿A quién?
- A quien nos busca - Le dije. Pero me dijo que no, que ella estaba bien, que ella estaba mejor ahora que estaba tan adentro del pasaje, que nunca la iban a encontrar. Como yo no estaba interesado en quedarme ahí por siempre, me fui sin despedirme.

Pasé por una plaza y había otro de los nuestros, completamente a la vista instalado sobre una banca. Me le acerqué, a ver porqué no se escondía. Se lo pregunté.
- Ah, lo había olvidado. Ha pasado harto ya, quizás se aburrieron de buscarnos.
Cuando le conté sobre mis encuentros anteriores, su desorbitada mirada anunciaba una reflexión terrible, pero no me la dijo. Le hice la propuesta de salir, de que me acompañase a buscar a nuestro encontrador. 
- No. Estoy bien sentado aquí. Que me encuentren me da igual, puedo esperar. Y no quiero adelantar el proceso, mucho menos con una idea tan ridícula.
Me retiré lleno de indignación.

Y lleno de pensamientos. Doble varias esquinas, alargué mi trayecto. Hace rato no pensaba, no tanto al menos. Aún así, aún con sus palabras, quería buscar a quien me buscaba. Di varias vueltas hasta que volví a una esquina en la que ya había estado. En un negocio, entre máquinas y niños con olor a perro, había otro. Le dije lo que acostumbraba a decir, él me respondió que ni idea y que no le importaba. Cuando lo ataqué con más preguntas me alejó del grupo y me dijo:
- Me cansé de su juego. Las escondidas son aburridas, aquí los chiquillos me hacen reír y las máquinas nos mantienen emocionados.
- No me gusta dejar las cosas a medias.
¡Mentira! Pero qué lindo que suenan esas frases. No había forma de sacarlo, así que me compré un helado para sencillar los quinientos que mi papá me había pasado, y jugué un rato a las máquinas con ellos. ¡No gané nada!

Ya estaba oscureciendo, y ni rastro de nuestro encontrador. Ya iba llegando a la casa cuando me encontré con otra, que me saltó de la nada.
- ¡Me encontraste!
- Nones, no soy yo quién busca. Tendrás que seguir esperando.
- ¿Y por qué saliste de tu escondite si nadie te sacó?
- No sé, me aburrió.
- Pf, que eres hueón. Así no es este juego. ¿No viste a nadie en el camino?
- No... ¿Nadie ha pasado por aquí?
- Pasó otro niño y yo pensé que era el encontrador. Pero no, así que sigo aquí. Me imagino que voy ganando - Oh, ilusa -  así que no saldré de aquí en un buen rato.
Cansado de sus tonterías competitivas, seguí mi rumbo.

En la esquina de mi casa me encontré con el Andrés. Le pregunté que si estaba escondido, me dijo lo más fabuloso que me han dicho en toda mi vida:
- No lo sé.
Como él no sabía, y no quería dejarlo en medio de la calle, lo invité a jugar cartas Mitos en mi casa. Tan malo para las palabras, pero tan bueno con las cartas. Me gustaba que no hablase, era bacán el Andrés. Han pasado años y aún lo llamo, no para jugar a las cartas, si no para contarle de lo que me pasó el otro día con la China y que puta que estuvo rico. Él me cuenta de ese otro, puta que es hueón el Andrés, siempre con sus dramas raros. No lo entiendo.

Te cuento esto porque ayer en la tarde estaba con el Andrés mismo en el bar tomándonos una chela y nos acordamos de esa vez, y de los cabros, que nunca los volvimos a ver. Pero el Andrés me dijo algo, y me costó dormirme en la noche pensando. Me dijo:
- Pero ahora que me acuerdo, Benja, nunca designamos a nadie para que nos buscase. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario