viernes, 21 de septiembre de 2012

Limitaciones

Casi siempre voy a dar un paseo y fumarme un cigarro lejos de las cuatro paredes que me cobijan siempre. Es el mismo recorrido cada vez: De la casa a la plaza con los arbolitos, de la plaza con los arbolitos al pasaje con los perros, del pasaje con los perros hasta la costa de aire. El puente que conecta mi isla con la otra isla flotante es bastante endeble, por lo que casi nadie cruza a pie. Yo, que carezco automóvil alguno, no me atrevo a cruzarlo.
Por lo general esta incapacidad no me molesta, no obstante, hay veces en las que me gustaría llegar más allá. Conozco poco de la otra isla, algo muy bello e interesante, pero llegar en barco aéreo no es lo mismo que llegar caminando, no es como si yo estuviese llegando sino que es como si alguien más me estuviese trasladando.
Cuando entro en estas crisis por lo general voy al bazar a comprar un café latte, me siento a beberlo en una roca y medito acerca de si es posible o no cruzar por ese puente. De todas formas no he visto a nadie cruzarlo - en el último tiempo, al menos, la gente que lo cruzó lo hizo hace mucho y hay otros que dicen haberlo hecho pero yo no me he dado cuenta.
El otro día vi a una niña del otro lado del puente. La vi difusa, la distante, la vi morocha, la vi pálida, la vi hermosa. Me hubiese acercado pero el puente seguía ahí, amenazando con caerse. ¿Era más fuerte que yo? Sí. No pude cruzarlo. Aún no puedo hacerlo. Voy todas las tardes, y a veces la veo. Siento que me mira, pero cómo saberlo. Ya no me atrevo a ir en barco aéreo, el Juan me invita a una cerveza pero yo no quiero ir a la otra isla, enfrentármela a ella sin haber cruzado el puente.

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