Hoy crucé de pura casualidad y brillo de razonamiento el umbral que separa lo físico de lo ficticio. Sin quererlo, de pronto vi mi carne fundirse con la de otro ser sin ser en las profundidades más honestas de mi parte consciente, dándome cuenta de que tan delgada era la línea que nos separó todo este tiempo y de que como mi constante excavación la fue adelgazando cada vez más, hasta este punto de trágica lucidez.
Cuando la posesión, válgase también transustanciación, estuvo finiquitada en el silencio del reproche personal pude ver con claridad a través de sus ojos una verdad que siempre fue mía pero que había sido escondida de mi propio conocimiento por el arte del engaño protector del autoestima.
Incluso ahora la diferenciación entre lo que soy yo y quien es sin ser es confusa, y su desarrollo se ha llevado a cabo de manera paulatina. Aun con el contacto, aun con toda la evidencia intachable, aun con la certeza irrefutable de cada afirmación caigo en la terrible negación de un hecho más que obvio. Para todos, para mí, para cualquier tercero vulgar o segundo entrometido: mi condena ha sido siempre la espera de lo imposible.
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