Con toda la imposibilidad de las situaciones, evocadas sin elegancia en realidades alternas, con toda su estructura de sueño adolescente, con sus detalles de libro con vagina y diálogos de telenovela venezolana, tengo la duda si es que en verdad deseo verlas volverse realidad. No son ellas el problema; si las tengo en mi mente todo está dentro de mi control - pese a mi discordia creativa intento mantener la verosimilitud en la historia. Mas, si salen, si ya no son más un sueño, si son tangibles en la abstracción, me voy a la chucha, no hay control, las imperfecciones saltan. Si hay un comienzo hay un final de inminencia indefectible. No habrá más retrocesos ni ensayos en el Metro con dirección Vicente Valdés.
Cuando saltemos en la piscina, sin saber nadar, allí sabremos lo que es la libertad. Allí nos arrepentiremos de las tonteras que queríamos. Pero de todas formas estaremos tú y yo ahí, agitando nuestros miembros en patéticos intentos de nado, y puedes estar seguro - porque puta que lo voy a estar yo, y puta que voy a estar contento - de que ya no hay más futuro. Y como en un cuento que una vez leí, de ésos que tú nunca lees, habremos acabado con la historia cerrándola en la perfección, convirtiéndola en el recuerdo más hermoso de nuestras vidas perecederas.
Me jugarán siempre en contra la cobardía y el remordimiento. Una cobardía que nace desde algo muy lógico - desde la única clase de ejemplos que funcionan: Los que ya fueron puestos en práctica. Así, tal cual. Y el remordimiento, porque creo que el calma me pega una patá en el hocico...
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