Se regocijaba en tímido silencio elucubrando los planos de sus construcciones imaginarias, preferiblemente cómplice de la noche aunque a veces tenía el descaro de hacerlo a la luz del día. Para sí y sólo para sí, armó un mundo de sucesos, factores y personajes perfectamente delineados para acontecer en escenarios asumidos como imposibles, pero diseñados para contrariar los malos augurios de la razón. Cada pieza la hizo encajar perfectamente en un esquema irrompible de verdades fundamentadas en teorías poco empíricas: un imaginario gaseoso que fingía solidez. El destino, siempre cruel director de las tragedias, le entregaba figuras vacías, llenas de ambigüedad, sólo para potenciar su obra obsesiva.
Mas aconteció la destrucción de su mundo en su concreción, desobediente de todas las reglas impuestas, salvaje para con el inocente arquitecto, quien ahora ha de construir otro mundo nuevo, desde las dichosas ruinas del antiguo.
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