martes, 2 de octubre de 2012

La blonde dans le métro

La veo a veces no más, pero es que no siempre voy viendo. Nunca he visto donde se sube, de todas formas no me serviría de nada, como si en el nombre de su estación se escondiera una verdad que vaya más allá del presente, una intertextualidad que se remonte a otros tiempos de ella, tiempos lejos de nosotros y nuestros pelos negros.
La rubia del metro no es de aquí, es puro paralelismo; un contraste tremendo, tal foraneidad debiese ser ilegal. Mas no negaré el placer estético de verla en las mañanas, de romper con las expectativas agitando sus cortos cabellos blancos mientras le habla a su hija en un idioma que excede todos mis nulos conocimientos en lingüística con tanta emoción y siempre haciendo de su discurso - bastante monológico, la niña sólo la mira sonriente - algo importante. Yo creo que eso es lo que me deja más cachudo, qué le estará diciendo a la niña. He preparado mis hipótesis sin bases pero igual (como esos queques veganos que no llevan huevo y uno los encuentra lo más ridículo del mundo pero funcionan a la perfección y para mayor joda hay gente que los consume por preferencia no obligación):

  • Cabe la posibilidad de que sus discursos no sean tales sino que sean narraciones. De muchos tipos éstas pueden ser, pero me gusta pensar que pueden corresponder a su mitología natal tan probable y preferentemente nórdica o tal vez más eslava-escandinava pero algo medio rubio, y como todo lo medio rubio o rubio enterito, lleno de incongruencias pero aún así bastante lindo. Quizás la blonde tiene miedo de que su hija olvide sus raíces - se me ocurre que ésta es fruto de una cachita con algún indio, harto chilensis le salió la huacha chica, pero igual habla en ese idioma remoto la enana.
  • Tal vez esta rubia oxigená, que cree que nosotros somos lo suficientemente estúpidos como para creer que ella es así de rubia naturalmente, le da a su hija lecciones de vida tentativamente feministas y muy posiblemente progresistas acerca de como no tiene que dejarse seducir por los encantos de un latin lover bien austral, de como tiene que ser independiente, de como tiene que mantener su figura esbelta para seguir con el legado de belleza septentrional que ella y sus antepasados tanto se han esforzado en mantener, de como no tiene que quedar preñada de un indio, etcétera.
  •  A lo mejor esta rubia que no es tan legalmente rubia intenta implantarle a su hija la intelectualidad de un país desarrollado que jamás será posible propiciar en un ambiente tan distópico como lo es Maipú, en especial cuando ambas se bajan en Santiago Bueras como perdidas - mentira, esa hueá es de mi propia olla de falacias, nunca he visto a una hembra caminar con más determinación que ésta.
  • Otras, que se me ocurrieron o se me ocurrirán.
De todas formas lo que más me gusta de la rubia no es ella como tal, es su capacidad de convertirse en una metáfora gigante de otra cosa, de otra cosa que completamente distinta - aunque no tanto, y esa es la gracia. Pero es una cosa de ésas que sólo yo puedo ver en mis alucinaciones, cada vez más recurrentes a propósito, una figura que se arma con piezas de distintos rompecabezas cuyas piezas han sido hechas encajar a la fuerza. Pero el brillo es que no todas, no todas.

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