Cuando tus ojos se cruzan por primera vez con la figura de la Cata, sabes de inmediatamente las siluetas de su historia, como si estuviesen grabadas en ella. Su esculpido aunque escuálido cuerpo dibujado peligrosamente por un vestido corto y su cabello castaño lacio cayendo en puntas fucsias sobre su busto parecen delatar su pasado.
La Cata se crió en el seno de una familia de la nobleza burguesa, en una casa que, desde las faldas de un cerro, parecía acentuar intencionalmente las diferencias de dos mundos separados por una rotonda. La tercera en una colección de cinco niños bien vestidos, de ojos azules y cabellos rubios, siempre fue retraída, observadora y sólo un poco maquinadora. Varios incidentes de excéntrica rebeldía predecían los sucesos que se desatarían durante su adolescencia, sucesos que sus padres ciegos y crédulos no fueron capaces de vislumbrar.
Su historia comienza - y comienza aquí puesto que los acontecimientos previos no son dignos de ser catalogados como historia - en el mismo momento en el que comenzaba la historia de toda una generación: el atardecer de una década ya perecida. La Cata, al igual que muchos de su edad, estaba sumida en los placeres adictivos de las redes sociales - el anonimato y la impersonalidad de éstos parecían el sitio perfecto para entablar amistades. Se había hecho de una amiga maipucina, de ésas que iban a Providencia los viernes por la tarde a beber vino barato y dulce y fumar cigarros livianos poco recomendables en una plaza mirando el río. Su amiga no era el único acceso que tenía la Cata a ese mundo: las noticias mostraban la realidad de los adolescentes con una mirada despectiva que era apoyada por sus padres. Todo la negativa hacia ese contexto tan distante derivó en despertar su placer por lo prohibido.
Decidida a quebrantar los márgenes impuestos por las castas económicas, la Cata ingenió un plan con su amiga maipucina para poder asistir a una de esas desvirtuadas reuniones. El plan era que la Cata mentiría diciendo que iría con sus compañeras de colegio a un centro comercial, prometiendo llegar antes de las diez de la noche. Procuraría tener cuidado con las bebidas y otras sustancias para poder fingir descompensación a causa de alguna comida e irse a acostar. Nada falló cuando llegó el momento de poner en acción el plan. Sin ser descubierta se sumergió en lo más profundo de unos barrios ignotos de casas pequeñas, andando en una micro llena de escritura colorida e ilegible. Se bajó donde frente a frente se disputaban la clientela dos supermercados, y esperó en el paradero a su amiga maipucina.
Ésta llegó con sus cabellos negros y rubios y naranjos escarmenados, adornados por una cinta como la de un personaje de animación. Fueron juntas a su casa. Al pasar por las calles estrechas la gente la miraba desconcertada: su cabeza platinada y sus ojos color cielo resaltaban frente a las cabelleras uniformadas en castaño bien oscuro. En la casa de su amiga maipucina, la Cata se vistió, peinó y maquilló acorde a la moda extravagante que imperaba en esos barrios. Su amiga maipucina estaba sola en casa, y en el bar había un ron del cual podían abusar. La Cata aceptó beber de ahí, y bebió hasta quedar muy mareada. Su amiga maipucina la acarició en lugares indebidos hasta que finalmente ella entendió el mensaje y la besó, se desnudaron, y terminaron frotándose la una con la otra en el sillón del living. Vueltas en sus ropas, marcharon hasta Providencia, donde un par de amigos las esperarían con el mítico vino dulce.
La realidad de la plaza era mucho peor que en las noticias: jóvenes que no superaban los dieciséis años vomitando junto a los árboles y besando a seres de cualquier sexo en cualquier parte en cualquier posición mal hecha del kamasutra. La Cata fumó por primera vez, sorprendentemente sin toser. Tras beber aún más, la Cata cedía ante cualquier contertulio y terminó besando a cuatro muchachos, haciéndole un felatio a uno, y devorándole la boca a dos muchachas vestidas de niño. Entre esos muchachos estaba yo.
Horas más tarde, cuando ya me iba para mi casa junto con una amiga y un amigo, encontraríamos a la Cata sentada llorando a los pies de un caracol, junto a un charco de vómito. Decidimos hacer de buenos samaritanos y cargarla hasta su casa, que no era alcanzada por ninguna micro conocida. Tuvimos que caminar, arribando a las faldas del cerro a medianoche. Dejamos que la Cata fuese sola a encarar a sus padres, quienes quedaron sorprendidos del desastre en que se había convertido su hija. La mandaron a su habitación a enclaustrarse por un periodo que hicieron parecer eterno, pero ella no aceptó y huyó en cualquier dirección. Nosotros la vimos y la seguimos. Mi amigo decidió llevársela a su casa en Puente Alto, a donde escuché que llegaron circa las dos de la mañana.
Mi amigo vivía únicamente con su despreocupado padre y un hermano ausente. Llevó a la Cata a la pieza, donde la desnudo descubriendo su cuerpo, ya en ese entonces, esculpido aunque escuálido. Tras juguetear con su desnudez un momento, se internó en ella una y otra vez sin piedad, sin considerar nunca sus gritos de dolor. Una mancha de sangre cayó sin disimulo en sus sábanas azules, un rato después adornada por gotas de semen. A la mañana siguiente la Cata despertó adolorida y avergonzada, pero más que todo eso invadida por un sentimiento de desahucio. La Cata se quedó donde mi amigo varias semanas, dejándose amar sólo por ser mantenida.
Sus padres nunca hicieron el intento de buscarla. Cuando mi amigo empezó a abusar del cuerpo de la Cata, penetrándola en lugares imposibles y golpeándola en las desobediencias ella decidió marcharse, no sin antes quebrarle una botella en la cabeza. La Cata fue a parar de casa en casa, donde todos los viernes cambiaría de amante hospedero. Conoció las drogas y el dinero sucio, y comenzó a prescindir de un techo. Vivía en la calle y se hacía del dinero hurtándolo o ganándolo con prostitución. Pero un día conoció a una niña: la Kimi. La Cata se enamoró de la Kimi, y ésta logró sacarla de su hoyo. De a poco la Cata comenzó a reconstruir su vida con la Kimi, se inscribió en un colegio técnico y su belleza noble le consiguió un trabajo como secretaria.
Sus padres nunca hicieron el intento de buscarla.
Su historia comienza - y comienza aquí puesto que los acontecimientos previos no son dignos de ser catalogados como historia - en el mismo momento en el que comenzaba la historia de toda una generación: el atardecer de una década ya perecida. La Cata, al igual que muchos de su edad, estaba sumida en los placeres adictivos de las redes sociales - el anonimato y la impersonalidad de éstos parecían el sitio perfecto para entablar amistades. Se había hecho de una amiga maipucina, de ésas que iban a Providencia los viernes por la tarde a beber vino barato y dulce y fumar cigarros livianos poco recomendables en una plaza mirando el río. Su amiga no era el único acceso que tenía la Cata a ese mundo: las noticias mostraban la realidad de los adolescentes con una mirada despectiva que era apoyada por sus padres. Todo la negativa hacia ese contexto tan distante derivó en despertar su placer por lo prohibido.
Decidida a quebrantar los márgenes impuestos por las castas económicas, la Cata ingenió un plan con su amiga maipucina para poder asistir a una de esas desvirtuadas reuniones. El plan era que la Cata mentiría diciendo que iría con sus compañeras de colegio a un centro comercial, prometiendo llegar antes de las diez de la noche. Procuraría tener cuidado con las bebidas y otras sustancias para poder fingir descompensación a causa de alguna comida e irse a acostar. Nada falló cuando llegó el momento de poner en acción el plan. Sin ser descubierta se sumergió en lo más profundo de unos barrios ignotos de casas pequeñas, andando en una micro llena de escritura colorida e ilegible. Se bajó donde frente a frente se disputaban la clientela dos supermercados, y esperó en el paradero a su amiga maipucina.
Ésta llegó con sus cabellos negros y rubios y naranjos escarmenados, adornados por una cinta como la de un personaje de animación. Fueron juntas a su casa. Al pasar por las calles estrechas la gente la miraba desconcertada: su cabeza platinada y sus ojos color cielo resaltaban frente a las cabelleras uniformadas en castaño bien oscuro. En la casa de su amiga maipucina, la Cata se vistió, peinó y maquilló acorde a la moda extravagante que imperaba en esos barrios. Su amiga maipucina estaba sola en casa, y en el bar había un ron del cual podían abusar. La Cata aceptó beber de ahí, y bebió hasta quedar muy mareada. Su amiga maipucina la acarició en lugares indebidos hasta que finalmente ella entendió el mensaje y la besó, se desnudaron, y terminaron frotándose la una con la otra en el sillón del living. Vueltas en sus ropas, marcharon hasta Providencia, donde un par de amigos las esperarían con el mítico vino dulce.
La realidad de la plaza era mucho peor que en las noticias: jóvenes que no superaban los dieciséis años vomitando junto a los árboles y besando a seres de cualquier sexo en cualquier parte en cualquier posición mal hecha del kamasutra. La Cata fumó por primera vez, sorprendentemente sin toser. Tras beber aún más, la Cata cedía ante cualquier contertulio y terminó besando a cuatro muchachos, haciéndole un felatio a uno, y devorándole la boca a dos muchachas vestidas de niño. Entre esos muchachos estaba yo.
Horas más tarde, cuando ya me iba para mi casa junto con una amiga y un amigo, encontraríamos a la Cata sentada llorando a los pies de un caracol, junto a un charco de vómito. Decidimos hacer de buenos samaritanos y cargarla hasta su casa, que no era alcanzada por ninguna micro conocida. Tuvimos que caminar, arribando a las faldas del cerro a medianoche. Dejamos que la Cata fuese sola a encarar a sus padres, quienes quedaron sorprendidos del desastre en que se había convertido su hija. La mandaron a su habitación a enclaustrarse por un periodo que hicieron parecer eterno, pero ella no aceptó y huyó en cualquier dirección. Nosotros la vimos y la seguimos. Mi amigo decidió llevársela a su casa en Puente Alto, a donde escuché que llegaron circa las dos de la mañana.
Mi amigo vivía únicamente con su despreocupado padre y un hermano ausente. Llevó a la Cata a la pieza, donde la desnudo descubriendo su cuerpo, ya en ese entonces, esculpido aunque escuálido. Tras juguetear con su desnudez un momento, se internó en ella una y otra vez sin piedad, sin considerar nunca sus gritos de dolor. Una mancha de sangre cayó sin disimulo en sus sábanas azules, un rato después adornada por gotas de semen. A la mañana siguiente la Cata despertó adolorida y avergonzada, pero más que todo eso invadida por un sentimiento de desahucio. La Cata se quedó donde mi amigo varias semanas, dejándose amar sólo por ser mantenida.
Sus padres nunca hicieron el intento de buscarla. Cuando mi amigo empezó a abusar del cuerpo de la Cata, penetrándola en lugares imposibles y golpeándola en las desobediencias ella decidió marcharse, no sin antes quebrarle una botella en la cabeza. La Cata fue a parar de casa en casa, donde todos los viernes cambiaría de amante hospedero. Conoció las drogas y el dinero sucio, y comenzó a prescindir de un techo. Vivía en la calle y se hacía del dinero hurtándolo o ganándolo con prostitución. Pero un día conoció a una niña: la Kimi. La Cata se enamoró de la Kimi, y ésta logró sacarla de su hoyo. De a poco la Cata comenzó a reconstruir su vida con la Kimi, se inscribió en un colegio técnico y su belleza noble le consiguió un trabajo como secretaria.
Sus padres nunca hicieron el intento de buscarla.
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