A veces divago dentro de mi propia mente haciendo caso omiso de las conexiones, los hilos y la racionalidad restante, en esos momentos mis ojos caminan por mi alrededor buscando un nuevo sentido de las cosas y juguetes nuevos. Algo con quien divertir mis manitas psíquicas que adoran toquetear todo lo que encuentran.
En uno de esos viajes oculares y mentales mis ojos hallan los tuyos, tan distantes físicamente y para qué decir en cualquier otro ámbito. Me poso en ellos con vergüenza e incipiente arrepentimiento, pero gozando de todas formas el choque breve de ambos. Y en tu semblante impenetrable hallo tranquilidad y miedo, así de contradictorio soy gracias a ti, porque finalmente son nuestros ojos comunicando en una milésima de lo que llaman tiempo un mensaje incongruente que a la vez está lleno de todo, ese todo que tampoco es nada en el fondo porque corresponde a una acumulación de energías inexistentes en este mundo tan aburrido. Veo que me miras también, jamás te he hablado de como me miras (o como siento que lo haces) ni de como yo te miro, ni como los relámpagos chocan en medio de nuestra distancia abismante, lejanía que sea tu culpa o la mía es un hielo frío cayendo en invierno por la espalda. Esa mirada que todo lo oculta pero es en esa omisión que me lo enseña todo, tu muralla china que tiene una puerta escondida que yo sé que está ahí aunque no pueda cruzar, e ilusamente creo que soy yo el único conocedor de la ubicación de la puerta.
Pero luego tu reaccionas, de esas reacciones inexplicables que tienes y desvías la mirada con una mueca de inefable nihil, o lo hago yo sintiendo que mi rostro se llena de incomodidad.
Algún día lleno de valentía te diré como nos miramos, como tus ojos encuentran los míos y viceversa, y te lo contaré porque de seguro que no lo sabes.
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